miércoles, 7 de enero de 2026

A mi querida y amada gatita pichurrina, Gris Canela 2026.

Memoria de mi amada Gris Canela

 A mi querida y amada gatita pichurrina, Gris Canela.


 Quiso nuestro Señor que llegaras a mi vida con apenas un mes y medio de existencia. Fue aquella mañana de primavera de 2020 cuando el eco de un maullido, casi un susurro desesperado, me despertó. Al abrir la puerta y seguir el rastro de aquel llanto, te encontré: eras una criatura diminuta, con los ojitos nublados por las lágrimas de tu desamparo. No opusiste resistencia alguna cuando mis manos te rodearon; parecía que supieras que habías encontrado tu refugio.

 Te llevé al baño y, con toda la delicadeza del mundo, limpié tus lindos ojos y tu cuerpo frágil. Tenías un hambre tan antigua que dejaste el cuenco reluciente antes de esconderte en un rincón, observando con cautela, esperando a que tu pequeño corazón se convenciera de que, por fin, estabas a salvo.

 Al regresar de mis compras, te encontré dormida sobre los cojines, entregada a un sueño profundo. Te contemplé en silencio y, cuando abriste los ojos y me miraste, el miedo se disipó para siempre. Al acariciarte, me regalaste tu primer "rumrum" de gratitud. En ese instante, elevé una oración al Señor, pidiéndole que te cuidara y prometiéndole que compartiría contigo mi sustento y mi protección por todo el tiempo que Él quisiera concedernos juntos.

 Pronto te hiciste dueña de la casa. Conociste a Yazmina, la siamesa, y a Pichurri, el "machote", quienes observaban con asombro al bebé más pequeño que jamás había cruzado ese umbral. En las siestas, Yazmina te acurrucaba contra su cuerpo, convirtiéndose en tu sombra y tu guía. Pichurri, con la paciencia de los mayores, se dejaba atrapar la cola por tus juegos incansables. Tu felicidad era tal, y tu apetito tan voraz, que incluso dabas cuenta de las raciones de tu amiga Yazmina.

 Poco después, la providencia nos trajo a otro compañero. Unos aullidos desde el patio me alertaron y allí, en la escalera, encontré a un cachorrito negro que me llamaba. Al igual que a ti, lo bañé y sané sus ojitos. Pronto os hicisteis inseparables en juegos de "corre que te pillo". Quizás veníais de la misma soledad, huyendo de los peligros de la calle, hasta que el destino os guio, peldaño a peldaño, hasta mi puerta.

 Con el invierno, el calor de la estufa se convirtió en vuestro campamento bajo la mesa. Al llegar la noche, vuestro lugar eran los pies de mi cama, pero no sin antes acercaros a pedir la caricia de buenas noches. Recuerdo con una sonrisa tu costumbre de mordisquear la oreja de Yazmina; ella se mosqueaba y te reñía, pero al momento volvías a estar juntas, lavándoos y cuidándoos la una a la otra.

 Al cumplir el año, la naturaleza siguió su curso. El gatito negro, a quien yo creía hembra por la oscuridad de su pelaje, resultó ser un galán que te cortejó en los juegos del amor. De aquel descuido nació tu preñez. Te preparé una caja de cartón con todo el mimo, pero el ciclo se truncó antes de tiempo. Aquella madrugada, tus lamentos me desgarraron el alma. Pasé la noche entera a tu lado, ayudándote en ese parto amargo donde la vida no quiso florecer. Dos pequeños ángeles negros partieron antes de nacer, dejándote sumida en una tristeza profunda.

 Durante un mes no saliste de tu caja. Tu depresión posparto me entristeció el alma, pero te di todo el amor que un corazón humano puede ofrecer. Poco a poco, el brillo regresó a tus ojos y volviste a ser la gatita alegre que corría a recibirme con el rabo erguido y el "rumrum" vibrando contra mis pantalones.

 Pero esta primavera ha sido esquiva. Se llevó a una amiga y vecina muy querida, y con el azahar también te marchaste tú, mi Gris Canela. Una enfermedad repentina no nos dio tregua y nuestro Señor ha querido que partieras hacia tu nuevo hogar celestial. Tu partida ha dejado un vacío inmenso; tus amigas te buscan al amanecer y yo me quedo con el corazón roto y un mar de lágrimas que fluyen desde aquel 25 de mayo.

 Tu cuerpo descansa ahora en la tierra de un lago hermoso junto a nuestra cárcava, el "Lago de los Patos". Es un lugar sereno, rodeado de juncos y el canto de los pájaros, donde el susurro del viento te arrullará eternamente. Sé que tu alma ya corre por los jardines del Señor, donde la felicidad es completa y no existe el dolor.

 Ahora solo me queda la esperanza del reencuentro, cuando el Amado nos reúna a todos en el último día. Mientras tanto, cuidaré de tus amigas y te guardaré en el rincón más sagrado de mi memoria. Gracias por tu corta pero intensa estancia, por tu amor sin dobleces y por habernos hecho tan felices.

 

Hasta pronto, mi pequeña amada pichurrina Gris Canela. Siempre vivirás en nosotros.


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